MERZOUGA, DESIERTO DE MARRUECOS.

Me encantan los desiertos…

Sí ¡me encantan los desiertos! y la gente se extraña cuando lo digo…”¿por qué?” me preguntan. Y me cuesta explicarme.
Es algo que hay en los desiertos que no sé definir pero que me atrae poderosamente. Será por esas vastas extensiones de terreno donde la vista alcanza a ver hasta el horizonte sin que haya nada por medio que estorbe a la vista, más allá de dunas o agrestes rocas. Será porque los cielos son más grandes que en ningún otro lugar, y más azules, más limpios. Serán los colores de sus atardeceres y amaneceres, los más mágicos. Y sus noches las más estrelladas. Me gusta porque es el auténtico hogar del aventurero y donde el afán de superación se demuestra a cada paso, en cuanto uno abandona el camino y se deja envolver por un océano de dunas que silban, y se empeñan en enterrarte los pies cada paso. Donde el viaje es la aventura.
merzouga3 (1)Sí, me encantan los desiertos, me hipnotizan y me atrapan sus diferentes colores. Los colores del desierto.
El desierto de Merzouga es mi preferido. Esa gran isla de dunas perdida al sudeste de Marruecos, en las puertas del Sahara, en realidad se llama Erg Chebbi. Erg es una palabra árabe que significa región arenosa del desierto. Y Erg Chebbi es la más grande y preciada de Marruecos, no es de extrañar: la altura de sus dunas impresionan, el aislamiento de la civilización evita la contaminación lumínica y permite disfrutar de un firmamento de estrellas único que iluminan las dunas hasta volverlas azuladas.
Es la joya del desierto de Marruecos, los colores en este país son parte de su esencia, son mágicos, y en este desierto no podía ser menos. Los colores de las dunas de Erg Chebbi cambian desde el rosado pálido y violeta del amanecer, pasando por el amarillo más intenso del mediodía, para volverse naranjas a media tarde, hasta acabar en un tono rojizo que parece irradiar fuego al final del día.
51595_SnapseedUna de las cosas que más me gusta es intentar escalar la cresta de la Duna Chebbi, de 200 m de altura, nunca he llegado arriba del todo, subir sobre la arena caliente es una tarea fatigosa. Cuando estoy destrozada me dejo caer, me tumbo y observo el cielo y cómo las estrellas van saliendo poco a poco de su escondite. Jugueteo con la arena fina, me siento niña otra vez, y me dejo llevar por la imaginación, como si fuera una princesa árabe que vive en un oasis. Casi al anochecer miro hacia abajo y ahí está mi oasis particular, como si siguiera viviendo en la edad media, con las haimas en círculo… ya han encendido las velas y la hoguera alrededor de la que cantaremos después de cenar.
El viento me trae aromas de cuscús y tajine… el estómago se queja de hambre. Bajo corriendo, cogiendo cada vez más velocidad, hasta que doy un tropezón y termino en una voltereta. Acabo llena de arena de la cabeza a los pies, pero es el desierto que me abraza.
Yo siempre he viajado en invierno a Erg Chebbi, y otro momento especial para disfrutar de los colores de las dunas es al amanecer, pero hay que descansar para madrugar. Con las primeras luces colándose por la haima salgo envuelta en una manta que huele a camello, subo a una duna y me siento a esperar que el sol asome jugando con los colores, como si el desierto fuera su lienzo personal.
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Es sin duda uno de los desiertos más mágicos en los que he estado, y seguiré volviendo una, y otra, y otra vez…
tras la aventura del desierto.