Té DE CEILáN, EL AROMA DE SRI LANKA

Viajar a Sri Lanka, la perla del Océano índico, es una verdadera inyección de energía para los sentidos, especialmente, para la vista y el olfato. En la antigua Ceilán huele a té, a flores, a especias y a mar… los aromas de esta isla son evocadores, y viajar en tren por sus montañas es como tomar el té en casa al olerlo intensamente.

El verde intenso de su vegetación, el turquesa de sus mares y los vibrantes colores de sus flores se funden con un perfume embriagador que ejerce un extraño poder sobre el viajero. Estas sensaciones son las que debieron cautivar al explorador británico sir Samuel Baker allá por el año 1846, quién buscando las fuentes del Nilo se topó con este paraíso terrenal del que nunca más pudo desvincularse.

Eran tiempos de exploradores e imperios, de intrépidos viajeros y de colonizadores y en la antigua Ceilán aún quedan huellas de estas incursiones occidentales, como la introducción del té a mediados del siglo XIX, el más relevante de todos los legados para esta isla.

Al perdernos por estos paisajes de té cuesta imaginar cualquier otra postal posible, pero sí que es fácil adivinar qué es lo que cautivó a ilustres exploradores y escritores hace 200 años, porque es lo mismo que nos cautiva hoy, y esa magia permanece intacta.
Estamos en el centro de la isla, en la región conocida como el País de las Montañas, por dónde transcurre la ruta del té de forma escalonada, adaptándose a un terreno que llega a superar los 2.000 m de altura. En la inmensidad de estos cultivos, la vista se detiene en las figuras que, sobre este tapiz verde, dibujan las mujeres recolectoras con sus ropas de vivos colores, las caras curtidas y sus cestos a la espalda.

Son ellas las que hacen posible que Sri Lanka sea uno de los principales productores de té del mundo; son las mujeres tamiles, originarias del sur de la India, quienes seleccionan, cortan y cargan las hojas y brotes más tiernos de la planta. Y sin saberlo, con las yemas de sus dedos y su técnica ancestral, son artífices de que Ceilán ponga nombre a un té que está considerado como uno de los más aromáticos y sabrosos del mundo.
Dicen que sólo las mujeres tamiles son capaces de aguantar el calor extremo mientras trabajan, que sólo ellas pueden adaptarse a este terreno abrupto soportando cargas de hasta 50 kilos de peso, y que sólo ellas saben sacar lo mejor del té. Concentradas en su trabajo, ajenas a todo lo demás, sin embargo al pasar cerca de ellas por los estrechos senderos, y se percatan de nuestra presencia, nos regalan una espléndida sonrisa. Luego continúan con su trabajo con una agilidad y velocidad asombrosas.

Nos encontramos en Nuwara Eliya, conocida también como la Suiza de Oriente, por sus verdes valles, quizá también por sus serpenteantes y abruptos caminos. Hemos dejado atrás Kandy, la capital del País de las Montañas, ciudad sagrada dónde se guarda con pasión el diente de Buda.

Mientras saboreamos un té al estilo más británico. Empiezo a sentir nostalgia al saber que el viaje está llegando a su fin. En mi cuaderno encuentro una frase de Mark Twain que anoté antes de viajar a Sri Lanka, una frase que el célebre escritor dejó en su diario mientras recorría la isla y en la que se pregunta ‘¿Qué tendrá esta planta de hojas lujuriosas que cuando se transforma en infusión resulta al paladar tan exquisita y aromática?’ Es curioso, estaba pensando lo mismo…

Quizás cuando vuelva a llevarme una taza de té de Ceylán desde mi balcón madrileño podré viajar de nuevo a Sri Lanka.

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