SENTIR MARRUECOS

Marruecos es una tentación, una tentación para los sentidos

…y Marrakech es la ciudad que se descubre con los sentidos, no solo con la vista… sino con el oido, y el olfato, y el tacto y por supuesto… el gusto.

Marrakech es la algarabía improvisada y espontánea de sus zocos, como lo es de otra manera la tranquilidad ancestral de muchos de los pueblos del sur de Marruecos, con sus casas de adobe sembrando de tonos rojizos los atardeceres de los valles del interior.

Es Marruecos un mundo de sensaciones, de paz y tranquilidad, pero también de aventuras y continuas sorpresas.

El Zoco de Marrakech es un ejemplo de esa comentada algarabía, de un caos organizado, una realidad comercial que nace cada día para tomar la calle, y que al amanecer ha desaparecido casi sin dejar rastro, como un sueño. El ksar de Aït Ben Haddou, en Ouarzazate, sin embargo es de esa otra realidad, la tranquilidad rural ajena al caos y el ajetreo. Pero ambos lugares son oportunidades para maravillar los sentidos.
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Marrakech

Perdámonos por el Zoco de Marrakech, un paraíso para los exploradores de lo inusual. Donde los colores, aromas y sonidos son una invitación a descubrir y a perderse por el laberinto de callejuelas. ¿qué nuevas sorpresas nos aguardan tras cada esquina, en cada nuevo callejón?

El zoco pone a prueba las experiencias sensoriales y aún más, también se atreve con el sentido de la orientación. Porque el Zoco de Marrakech es un auténtico laberinto de callejones que parecen retorcerse sin fin, juega con nosotros. Pero hay un patrón urbano, aunque no lo parece. Algunos de sus límites están claros, lo mejor es empezar el paseo desde la parte norte de la Plaza de Jamaa el Fna. Avanzaremos entre puestos de ropa, especias, artesanía, y toda la serie completa de productos típicos… por supuesto comida, mucha comida, que eleva los aromas y los funde envolviendo callejones enteros.

En el zoco el regateo es la norma no escrita, como lo es que el paisano reclame de mil formas la atención del viajero, desde puestos y tenderetes que se dejan ver sobrecargados, desequilibrados y con un pronóstico cierto de derrumbe. Los vendedores, inquisitivos, están muy encima, y anuncian ofertas con expresiones tomadas, prestadas al oído sin una entonación clara. Una letanía comercial que no deja indiferente. Saben que la venta del día les ronda. El viajero avisado y experimentado sabe que nunca, jamás, debería pagar más de una tercera parte de lo que nos pida el vendedor en el comienzo de su oferta.

Los más curiosos disfrutarán yendo de una zona a otra, descubriendo a los artesanos que trabajan sus piezas directamente en la calle, o huyendo del sol y del calor bajo los toldos, o al abrigo de sus microtalleres. Se les puede ver agrupados por profesiones, por gremios: cesteros, hojalateros, ferreteros, tintoreros y demás… haciendo oficio con algún aprendiz, ya sea hijo, u otro familiar cercano o el hijo de un amigo, para el que queda el remate de las piezas o las labores más repetitivas. Todo un mundo por descubrir paseando los callejones más escondidos.

Al zoco hay que ir por la mañana, a eso de media mañana, porque a medida que avanza la tarde los vendedores van recogiendo y el espacio se va desmontando, y va quedando desangelado… que es la hora en que debemos volver a la Plaza de Jamaa el Fna, donde se centra la vida nocturna… y eso es algo que hay que vivir para entender ¡la noche de Jamaa el Fna!

Esta plaza declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, es el auténtico corazón de Marrakech, durante el día huele a cítricos, a naranjas, limones y pomelos recién exprimidos, que dan un descanso a las gargantas resecas de visitantes y locales. al atardecer da paso al olor a frutos secos tostados… dátiles y otras frutas pasas, y al anochecer la mezcla de aromas es un espectáculo que volvería loco a cualquier renombrado chef: los caracoles, los corderos asados, las sopas y ‘hariras’ bien especiadas, desprendiendo su particular aroma de cilantro. Los camareros atosigan a los turistas, con los chistes más ingeniosos para no dejarles escapar.

Pero lo mejor es perderse en el laberinto de tenderetes, ajenos a los puestos más turísticos del exterior, en el meollo del mercado nocturnos, donde se sientan amontonados los abuelos, los jóvenes, los oficinistas, el ganadero que está de paso y los viajeros más atrevidos… es donde se degusta el auténtico Marruecos, nos se ha saboreado Marrakech si no se ha probado la deliciosa cabeza de cordero a la brasa, un manjar que se disfruta con las manos, bajo la divertida mirada de los marroquíes. Para terminar hay que picotear de los dulces de hojaldre y miel, y frutos secos, que nos ofrecen al pasar las ancianas encorvadas sobre un carromato, son caseros, no los dejes escapar.

Kasr de Aït Benhaddou… de cine

Cambiamos de tercio, estamos en la kasbah de Aït Ben Haddou. Este pueblecito es de otra pasta, podríamos decir que de la que están hecha los sueños… los sueños cinematográficos. Sí, y es que este lugar ha formado parte hasta hoy de 14 películas, y de un número incontable de documentales y series. Todo empezó con Lawrence de Arabia en 1962, siguió con ‘La Momia’, ‘Gladiator’ de Ridley Scott, ‘Alejandro Magno’, ‘El Reino de los Cielos’ y otra serie de cintas que han recreado la figura de Jesús o su tiempo como precisamente ‘Jesús de Nazaret’ de 1977 o ‘La última tentación de Cristo’ de 1988. Lo último de lo último, ser escenario para la exitosa serie de ‘Juego de Tronos’.
¿Pero qué tiene este zoco que resulta tan cinematográfico? Todo, la respuesta es… todo. El pueblo de Aït Benhaddou se alza sobre una colina a los pies del poco profundo río Ounila. La panorámica no puede ser más exótica. Se trata de un pueblo fortificado en el que nada de la modernidad parece haber conseguido atravesar sus puertas.

Algunas familias del lugar incluso se resisten a abandonar la zona más antigua del ksar, el núcleo central fortificado, a pesar de que el pueblo nuevo está al otro lado del río y la vida allí resulta sensiblemente más cómoda. Pero mantienen la herencia familiar y sus ocupaciones tradicionales en un lugar único, que es, por derecho propio, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Con las puertas abiertas, asoma un ligero aroma de té con hierbabuena, uno quiere mirar sin recato y acaba siendo invitado por una anciana de sonrisa desdentada, que apenas chapurrea otra cosa que no sea árabe, pero que está encantada de entretener sus horas con los visitantes y turistas.

Sus construcciones de barro, de adobe local, amasado con las manos. Todo en un tono rojizo cuyos colores cambian a medida que cae el sol, y que en las puestas de sol crea, sobre Aït Benhaddou, decorados de película.

En definitiva, el Zoco de Marrakech y el pueblo fortificado de Aït Benhaddou forman parte de una aventura hecha por y para el descubrimiento. Un viaje de experiencias, un viaje con los sentidos, una aventura para el alma. Mucho más que ver, descubrir.

¿Quieres acompañarnos a descubrir el Sur de Marruecos?

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