LA MAGIA DE ANGKOR WAT

Hoy quiero hablaros de Angkor, volar en el tiempo y recordar aquella primera vez entre los famosos templos camboyanos.

Famosos por su belleza y grandiosidad, que dicen se mantuvo perdida durante siglos. Aunque lo cierto es que 1601 ya un franciscano español, Marcelo de Ribadeneyra, habló en su libro de experiencias en Asia de «una gran ciudad en el reino de Camboya», que era conocido por los avezados misioneros españoles y portugueses decididos a llevar su fe a lo más profundo de la selva.

Pero no debieron saber como despertar el interés del mundo occidental por estas ruinas, que volvieron a quedar aletargadas, hasta que más de 250 años después un francés naturista andaba por la zona tras los pasos de las mariposas cuando topó con aquellas maravillas enredadas entra las garras de la selva… y el supo dar mayor romanticismo a su descripción…»Uno de estos templos, rival del templo de Salomón y erigido por algún antiguo Miguel Ángel, podría ocupar un puesto de honor junto al más bello de nuestros edificios. Es más grandioso que los que nos dejaron Grecia o Roma». Sin duda el sí supo cómo despertar el interés de sus contemporáneos.

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Pero antes de lanzarme a los templos de Angkor, dejadme que os hable de Siem Reap, una ciudad coqueta, de calles animadas que invitan a ser paseadas. Dinámica y vivaracha, puedes perderte en sus mercados, disfrutar de la comida en unos de los restaurantitos locales o darte un masaje relajante 🙂

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Al día siguiente me despierto en una soleada Siem reap, es un día perfecto para lanzarse con la bicicleta a recorrer los templos de Angkor. Inicio un largo paseo arbolado, donde con suerte te cruzas con algún mono, y de pronto se abre el lago que rodea el principal templo de Angkor Wat, el más grande de los templos del complejo, pero lo rodeo y lo dejo para el final.

Dicen que su magnificencia puede deslucir el resto de templos. Así que sigo mi rumbo hacia en Angkor Thom, el siguiente complejo de templos. Paso sobre el puente enmarcado por estatuas de elefantes y bajo la puerta de piedras desgastadas, comidas por un musgo ennegrecido… me parece estar entrando en otro mundo.

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Me encuentro un vasto espacio de terreno natural con gigantes arboles de caprichosas raíces, colgando de aquí y  allá los monos juguetones, únicos habitantes de este fantasmagórico imperio en mitad de la jungla.Y llego al templo de Bayon, me atrapa su magia, será por su belleza real, será porque fue el primero que descubrí, no lo sé, pero ya solo evocar el recuerdo de este templo me provoca indescriptibles sensaciones. Aparco la bici y subo sus escaleras entre las cientos de torres de poderosas cabezas del rey Jayavarman VII, en tanta estima se tenia así mismo que decoró el templo con nada menos que 200 caras de sí mismo, en tamaño gigante, y exhibiendo una enigmática sonrisa.

A pesar de los turistas, y los capillas de budas en que se han convertido sus torres, intento trasladarme a un pasado de esplendor, pasando mis ojos lentamente por cada uno de sus relieves. Danzarinas juguetonas, en un movimiento de brazos eternos, continúan bailando danzas que iniciaron 800 años atrás… Bayon, no olvidéis ese nombre si alguna vez venís a Siem Reap.

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Continuo mi paseo en bici entre vestigios mas o menos grandes, de vez en cuando un templo mas moderno rompe la solemne belleza del lugar, su misterio… Me paro en Ta Prohm, el templo que mas deseaba visitar por ser uno de los pocos monumentos de Angkor que todavía no ha sido «rescatado de la selva». Precisamente por eso fue el elegido para rodar Tomb Rider, no me extraña que Angelina se enamorara del templo, del país y sus niños… Pero a mi este templo me recuerda mas al libro de la selva, el de Disney, el original. Precisamente en ese momento en que los monos danzan y cantan en su palacio de piedras caídas, enredadas entre las raíces de imponentes árboles… Este es el templo que permanece devorado por la jungla, y que sobrecoge ante la fuerza imparable de la naturaleza: muros, fachadas, pasillos aquí y allá, abrazados por ramas y raíces que atraviesan las paredes, en ocasiones estrangulados a través de los siglos hasta hacerlos caer…

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A la entrada empieza a chispear, al principio tímidamente… avanzo despreocupada, entre el grupo de turistas japoneses. Exploro cada pasillo del laberinto en que se ha convertido  este templo, y poco a poco la fuerza de la tormenta avanza, el cielo quiere desplomares sobre nuestras cabezas, ¡maldición! El sol mañanero me ha engañado y no he traído el chubasquero. Me refugio en uno de los pasillos, sentada sobre las piedras observo la lluvia envolviendo en un halo de misterio al templo, y a los árboles…

El silencio lo invade todo, y es un momento mágico, ya no pienso en la molesta lluvia, porque ha sido la lluvia la que ha cubierto todo con una película de mayor belleza. No sé  cuanto tiempo permanecí escuchando los sonidos de la naturaleza en mitad de la tormenta, es algo que siempre me ha fascinado, y en un entorno tan único como este templo… Como poder explicarlo, casi lamenté que la lluvia arreciara, pero es hora de continuar, antes de que vuelva fuerte. La magia de ese momento es uno de los mas bonitos que he vivido hasta el momento en Asia.

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Luego continuaran los templos, algunos mas bellos que otros, los escalé, los exploré, los fotografié… y finalmente volví al templo principal, para desde lo más alto dejar que el atardecer entre las nubes grises dejara asomar los colores de un sol moribundo, pero solo hasta el día siguiente. Donde seguirán viviendo envueltos en una magia centenaria los dormidos templos de Angkor.

Y yo… yo aún volvería una y dos veces más a visitarlo… y sé que seguiré soñando con volver.

¿Te vienes conmigo a Camboya?

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