ISLAS GILI: MI PEQUEñO PARAíSO, EL PARAíSO QUE DESEAMOS.

El ruido pausado del mar, rítmico, adormecedor, el de unas olas que vienen y van y que trepan lentamente por la arena blanca surcada de fósiles de corales. La marea sube y el sol baja, escondiéndose tras unas nubes que amenazan con la habitual tormenta que cada atardecer arrecia sobre Bali. Por encima de las nubes blancas y los rayos aun dorados del sol, aparece la cima del monte Agung, la mayor altura de Bali, que emerge todopoderosa sobre el escaso relieve de la isla Meno primero, y de Trawangan después. Y a su derecha, más tímidamente, se asoma el pico del monte Batur.

Las alturas de los volcanes de Bali contrastan con la llanura de las Islas Gili: Trawangan, Meno y Air. Tres islas, unas pequeñísimas monedas de arena blanca en un mar azul. Si se ven imágenes desde el aire se asemejan a lagrimas desprendidas de Lombok. En realidad son unos atolones rodeados de corales, hoy prácticamente muertos, y cubiertos por hierba, y altos cocoteros. Unas pocas casas donde habitan familias provenientes de Lombok y dedicadas por entero al visitante, al turista, ese otro turista, que busca unos días en el paraíso, sin grandes resorts, ni lujos, sino sencillez, paz, mezclándose con la vida local, pero disfrutando de algunas de las mejores playas y fondos marinos del país.
Como digo en el titulo estas islas me parecen un pequeño paraíso, y aún lo fue más no mucho tiempo atrás cuando, aun no estaban ni habitadas. Eso debió parecerles a los primeros turistas que arribaron a ella aun casi vírgenes y deshabitadas, en busca de un turismo alternativo, perdido, salvaje. pero me pregunto si hoy sigue siendo un paraíso, o si unos días lo es y otros no tanto, y me aterra pensar que en un futuro no muy lejano acaben por echarse a perder.

Viajo en el tiempo, años antes de que el turismo fuera alargando sus tentáculos sobre las islas, antes incluso de que los pescadores de Lombok hicieran su trabajo con técnicas tan agresivas con sus arrecifes coralinos como el método del lanzamiento de minas al mar, sin importar que con los peces, grandes y pequeños, arrasaran también toda la vida marina, desde corales, a tortugas, y estrellas de mar, todavía hoy la gran parte de los corales que rodean las islas están muertos, en recuperación sí, pero muy lenta. Mi mente viaja aún mas hacia atrás, antes del tsunami de 2006 que también arrasó estos islotes, y más allá, antes todavía de que los japoneses llegaran a estas islas en la segunda guerra mundial, y las tomaran como base de operaciones de la zona, acabando con muchos cocoteros para instalar sus campamentos, creando búnkeres que han dejado como recuerdo una elevación artificial en la isla mas grande: Trawangan.

Sueño, en fin, con unas islas verdes, siempre verdes, y limpias; rodeadas de unas arenas blancas suaves, casi sedosas, y limpias; y con unas aguas turquesas, y limpias, que esconden un increíble mundo marino, corales de todos los colores imaginables entre los que juegan todo tipo de peces, desde los mas pequeños a los mas grandes, desde los graciosos “nemo” hasta las mantas, las rayas, y algún que otro pequeño tiburón, y por supuesto las tortugas marinas características de estas islas, las tortugas marinas más grandes del mundo.
En Gili todavía encuentras ese paraíso, paseas por una arena limpia, te zambulles en el mar de aguas limpias y cristalinas, en una temperatura increíblemente perfecta ni fría ni caliente, sin corrientes, y haciendo snorkel puedes encontrarte hasta tortugas de frente de 1 metro de tamaño, y puedes hasta bucear durante un rato en su compañía, aunque son rápidas y llegan a alcanzar los 35 km/h no parecen advertir que los humanos somos peligrosos para ellas, porque se mantienen alrededor, curioseando de nosotros como nosotros de ellas. Y decides de pronto que vives un mundo mágico. Cuando el sol pierde fuerza paseamos por esa playa impoluta, recogiendo conchas, viejas cascaras de curiosas formas que un día fueron la guarida de una vida marina. Observamos los cangrejos blancos, como albinos, que saltan de un agujero y corren de lado hasta otro, y algún que otro ermitaño arrastrando el caparazón por la arena y al menor presentimiento de amenaza de nuestros sigilosos pasos para y vuelve a resguardarse en su interior.

Así podemos recorrer la isla entera, 5 km de perímetro, todo playa. Al llegar al noroeste de la isla paramos, nos sentamos en la playa, o bien buscamos la sombra de una tumbona o una cama balinesa de alguno de los cafés con vistas al mar, y tomamos un zumo de frutas tropicales, o un café con hielo (de Lombok, fuerte, de los que casi se pueden masticar), a veces incluso una caipiriña mientras vemos el sol ocultándose en el horizonte… Y así un día tras otro en una sucesión de momentos idílicos que querrías que no acabaran nunca.
Pero hay un peligro, la basura que viene del mar, los plásticos que durarán en el tiempo más que nosotros, nuestros hijos y nietos. Los que recorren largas distancias por ríos larguísimos que nacen en montañas perdidas, en Java, Sumatra, Lombok…. La propia basura que tiran inconscientes locales y turistas poco responsables, como si eso fuera a desaparecer solo. Pero también vienen del otro lado del mundo, atravesando océanos, para arribar a las costas de paraísos como las islas Gili.

El peligro viene del mar y del hombre, y mi pesadilla es despertar paseando por la interminable playa y descubrir que el paraíso se ha convertido en un estercolero, las playas ayer blancas estén negras, cubiertas de plásticos, de bolsas, de botellas… de guarrería no biodegradable. Y eso duele, porque duele a la vista, y duele saber los estragos que hace en su ecosistema, pájaros y peces muertos, algunos ahogados por haber ingerido plásticos, otros estrangulados, enredados en otros plásticos… ¿Acaso aún creen que el mar se lo traga todo? Es posible, por un tiempo, pero acaba escupiéndolo en otro lugar.

Es momento de empezar a cambiarlo hoy, desde casa, y no parar cuando salgamos de viaje, y sentados en una playa veamos a alguien tirar la lata que ya no le sirve, el cigarrillo que ya se ha fumado… es momento de no callar, y recordarles que los paraísos son de todos, y todos debemos cuidarlos.