AVENTURA EN EL NORTE DE TAILANDIA

Chiang Mai, la capital del Norte, punto de partida de nuestra ruta de exploración por las tierras menos turísticas, al menos por las agencias de viajes, porque en el fondo la región más allá de Chiang Mai es ya conocida desde muchas décadas atrás por hippies, mochileros y otros viajeros bohemios.

En nuestro viaje de aventura hacia el norte de Tailandia, las amplias llanuras de la Tailandia Central llegan a su fin y van dando paso a las montaña. Elevaciones redondeadas y cubiertas de espesa vegetación, que ahora sí nos dicen que estamos en la Asia tropical.

Al llegar a Chiang Mai, nos topamos con su gran extrarradio, y callejeando descubrimos una ciudad moderna en plena expansión… pero solo hasta llegar hasta el centro histórico, enmarcado por un canal y unas murallas que servían de defensa contra las invasiones birmanas o khemeres. En su interior nos encontramos con una ciudad animada donde conviven perfectamente las tradiciones con la vida moderna, los tailandeses con su fe, y los turistas cámara en mano. En un paseo de dos horas se pueden recorrer las principales atracciones, varios templos que son un refugio de paz en mitad del bullicio. Tras las visitas lo mejor es dedicarse a deambular por las calles para curiosear las tiendas de recuerdos, o elegir una bonita terraza donde tomar un “ice coffee” tailandés o darse un masaje Thai.
Pero Chiang Mai no sería tan importante sino fuera porque está situado estratégicamente en el centro de la provincia más al norte de Tailandia, a mitad de camino entre las montañas fronterizas con Myanmar y el triangulo de oro que forman Laos, Myanmar y Tailandia. Es el punto de partida para explorar la región. Y es que esta región esconde algunas de las mejores rutas para los que gustan de viajar por carretera, ya sea en bus, en moto o tuk tuk.

Está por ejemplo la famosa Carretera 1095 que une Chiang Mai con Mae Hong Son, pasando por Pai. La 1095 es la ruta del norte: 244 km y 1864 curvas contadas entre las montañas calcáreas que forman los valles cuajados de arrozales, laderas cubiertas de maizales, y parques naturales donde uno pierde la cuenta de las cuevas que se pueden visitar y las cascadas donde se puede bañar.

Pero nosotros la 1095 la dejaremos para la vuelta. Preferimos llegar a Mae Hong Son por la ruta más larga y menos conocida, dando un rodeo por el Sur de la Región. Pasamos por parque natural Doi Inthanon, donde está la montaña más alta del país, con 2565 m de altura. Ese día no llegaremos a coronar el pico, el monzón había cubierto las montañas de nubarrones grises y descargaba una lluvia sin piedad sobre nosotros. Cubiertos con la ropa impermeable seguimos avanzando, y para aquel entonces los únicos que nos cruzábamos en la carretera eran las motillos de los locales, y algún que otro carromato, ni siguiera los camiones toman esa ruta.
Paramos en una aldea para comer y aguardar a que escampe un poco, lo bueno de las lluvias monzónicas es que desaparecen casi tan rápido como llegan. Nos resguardamos en un puestecillo local, donde no hacia falta entenderse para saber qué comer, porque lo único que tenían era sopa de noodles con cerdo. Una caldera humeante, que desprendía un delicioso aroma, nos bastaba para saber que queríamos una de esas sopas. Al terminar nuestros cuencos la lluvia ya había parado, y un sol tímido empezaba a arrancar los verdes más espectaculares a los arrozales y a las frondosas montañas, un paisaje evocador

Mae Hong Song destino perdido, un pequeño y tranquilo pueblo. Y siguiente paso el pequeño asentamiento chino de Ban Rak Thai, una aldea situada 44 km al norte de Mae Hong Son, fronteriza con Myanmar. Palmerales, bosques de bambú e incluso pinares nos acompañan hasta Ban Rak Thai. La historia de esta colonia china no tiene desperdicio, se remonta a mediados del siglo XX, cuando la región china de Shan todavía intentaba resistir frente al régimen comunista y Mao Zedong. Tras ser tomada la región muchos fueron los que optaron por el camino del exilio en Tailandia, donde han sobrevivido hasta hoy, y casi sin quererlo se han convertido en un reclamo turístico.

Esta colonia nos cautivó, quizás por mantener la fisionomía china en sus calles, en sus casas y templos. Hubo un tiempo en el que al parecer sobrevivieron gracias al cultivo de opio, lógicamente las autoridades metieron baza, y hoy en día (en teoría) solo se cultiva té. Nosotros no probamos su famoso té, (no somos muy amantes del té), pero si probamos su comida china, que llaman Yunnan y que a nosotros nos pareció que tiene ya una marcada influencia tailandesa.

Tras Bank Rai tomamos al fin el camino a Pai, ¡la famosa carretera 1095! Nos cruzamos con decenas de turistas en scooters de alquiler, que van en dirección a Mae Hong Son y sus atracciones…. Intentaremos alejarnos de la procesión de scooters, y nos metemos por una carretera perdida hasta el pueblo de Mae Lana. Un pueblo tribal, una sencilla aldea campesina no muy diferente de las que hemos visto anteriormente. Pero el conjunto resulta encantador: pocas casas de madera a lo largo de un rio de color chocolate. Los ancianos acodados en las mesas, a las puertas de las casas, charlan y sonríen tras sus curtidos rostros a nuestro paso. El pueblo está rodeado de arrozales, pero no en forma de grandes latifundios como vimos en las regiones centrales, sino parcelados en pequeños terrenos, a veces escalonados, encajados unos en otros como piezas de un puzzle.
Desde allí se llega a tres cuevas a cual más grande, ocultas bajo las elevaciones calcáreas. Un chaval hace las veces de guía local, Le seguimos sobre la desvencijada Honda Wave que sube y baja el camino de cemento cubierto de verdín con una tranquilidad pasmosa. Pronto llegamos a la cueva, y durante un kilometro con las linternas frontales por sombrero nos introducirá en el interior de la roca, bajo un cielo de estalactitas y murciélagos. Probablemente no sea la cueva más grande, ni la más espectacular que hayamos visto en nuestra vida, pero estamos nosotros solos en esa inmensa oscuridad, sabiendo que a nuestro alrededor no hay más que selva, y quizás solo por ello la cueva ya es especial. Para cuando subimos los últimos escalones que nos devuelven al día a y la cegadora luz del sol ya siento el estómago rugir de hambre. Preguntamos al chaval por un sitio donde comer en el pueblo. En el cruce a la derecha, nos dice sin perder la sonrisa: “Good noodle soup”. Será una de las mejores sopas de noodles que tomemos en Tailandia, ¿o acaso es que cada día nos gustan más y la última siempre nos parece la mejor?
A media tarde llegamos a Pai. Lugar que nos enamora rápidamente. Enclavada en uno de tantos valles, de nuevo entre verdes, verdísimos, arrozales, y entre suaves montañas que exhiben una rica vegetación. Pai respira un aire especial. Ya no es esa aldea hippy que hace muchos años atrajo a artistas y bohemios de todo el mundo, tampoco es un producto de la masificación turística.

Pai es simplemente un pueblo en el que mucho “falang” (extranjero en tailandés) decidió quedarse a vivir y a través de los años dejaron su influencia, pero respetando la esencia tailandesa. Es cierto que las cuatro calles centrales están invadidas por los guest houses baratos, los restaurantes y bares con “happy hour”, tiendas de souvenirs y agencias de excursiones, o alquileres de moto y bicicleta. Pero también es cierto que a poco que das 4 pasos te encuentras con el río, aún rodeado de salvaje vegetación, atravesado por un par de puentes colgantes de caña de bambú que hacen que me tiemblen las piernillas al cruzarlo.
Este pequeño pueblo reúne lo mejor de Tailandia, a nuestro parecer. Un paisaje que no nos cansamos de mirar, el verde de los arrozales nos resulta hipnótico; una población local encantadora; unas callejuelas tranquilas de día, ambientadas de noche; una comida auténtica, sabrosa, y barata… Llegamos con intención de parar en Pai un par de días, y nos quedamos una semana. Temo que este lugar nos ha atrapado, y aún no hemos decidido cuando continuar el camino. Pero todavía nos queda camino en Tailandia… el próximo paso será la última región del Norte: Chiang Rai y el Triángulo de Oro.

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