HISTORIAS DE SAMARCANDA

Samarcanda, la bella.

Timur fue el último de los grandes conquistadores nómadas de Asia Central. En el siglo XIV inició La dinastía Turco-Mogol de los timúridas… devolviendo al territorio ecos de gloria de otrora Imperio Mongol, el de Gengis Khan.

Timur pasó a la historia de esta región de Asia Central por muchas razones, entre otras por establecer la capital de su imperio en Samarcanda, embelleciéndola con Palacio y jardines. Grandes viajeros pasaron por sus hermosas calles maravillándose con su belleza, y dando fe de ella, el propio Ruy González de Clavijo, un caballero castellano enviado por Enrique III, rey de Castilla y León, como embajador ante la corte de Timur el conquistador, dijo de Samarcanda: “Es tal la riqueza y la abundancia de esta gran capital que contemplarlas es una maravilla”.
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No es difícil imaginar lo que para estos viajeros europeos, inmersos en una época de sombras medievales, suponía encontrarse con una ciudad que daba luz en reflejos de cúpulas azules en medio de un árido desierto… Samarcanda como una dama generosa y acogedora pronto se convirtió en punto de encuentro, en el cruce de camino de las caravanas procedentes de Oriente y Occidente, que iban dejando una estela de perfume y especias orientales a su paso. Confluencia de culturas, de productos lejanos que cruzaban el orbe y hacían soñar con mundos diferentes, exóticos… acaso mágicos.

Pero antes de llegar a este apogeo de la ciudad, debemos echar la vista atrás porque Samarcanda se remonta en la historia… hasta 2500 años atrás cuando la ciudad se llamaba Marakanda.

Cuenta la leyenda la historia de dos jóvenes enamorados. La chica se llamaba Kant, y era una princesa que se enamoró del joven pobre, pero apuesto, Samar… como siempre ocurre el rey padre no vio con buenos ojos ese idilio y les negó el matrimonio y una vida de felicidad matando a Samar. Al enterarse Kant, hundida en la tristeza y la desesperación, se suicidó arrojándose desde lo alto del castillo de su padre. El pueblo conmovido por el fatal desenlace de los jóvenes acabó por llamar la ciudad con el nombre de los enamorados para que viviera unido en la eternidad lo que no había consentido el padre… de ahí que esta ciudad se llame desde los tiempos perdidos ‘Samarkanda’.samarcandaPor ser en lugar estratégico, a caballo entre tan diferentes culturas, ha pasado los años cambiando de unas manos a otras, de unos imperios a otros… ya era una floreciente ciudad del imperio persa cuando hasta sus puertas se plantó Alejandro Magno, y su conquista no fue tarea fácil.

Samarcanda caída, y vuelta a levantarse… asediada por los macedonios de Alejandro magno, saqueada por las tropas de Gengis Khan, admirada por viajeros como Marco Polo e Ibn-Batutta. Amada y deseada, sobrevivió a los imperios rusos y comunistas. Y hoy Samarcanda sigue evocando cuentos de las mil y una noche, historias de amor que nos atraen a ella como si un perfume mágico se apoderara de nosotros.
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Las otras Samarkandas: Bukhara y Khiva

Probablemente no haya ciudad más famosa y admirada en toda la Ruta de la Seda… y por ello ha dejado eclipsadas a dos joyas vecinas, reinos que convivieron con ella en la misma ruta de la seda… Bukhara y Khiva… de hecho para vivir un auténtico viaje en el tiempo, no hay que quedarse en Samarcanda, hay que llegar hasta Khiva, esa pequeña ciudad amurallada que parece haberse quedado anclada en la edad media, es un auténtico viaje en el tiempo que merece la pena ser vivido.
Allí la vida pasa tranquila, en los veranos de la estepa uzbeka, incluso casi tan solitaria como los desiertos que la rodean. Solo los mercados extramuros dan cuenta que la vida que invade la ciudad.
uzbekistan-khiva2 Pero al frescor de la anochecer la Khiva parece despertar. Las familias se lanzan a las calles empedradas (las afortunadas), empolvadas las demás… se trabaja, se cocina, se juega o se descansa en la calle a las puertas de las casas, mientras los tonos malvas del atardecer hacen un juego de luces y colores en los azulejos de cúpulas y Minaretes.

Hay un hecho curioso en la ciudad cuando llega la hora del rezo, pues este país que tras el comunismo ha recuperado la posibilidad de expresar su fu, la del profeta Mahoma, lo hace en silencio. El gobierno tienen prohibida la llamada al rezo, y sin embargo al atardecer es fácil encontrarse a los fieles en la calle sobre su alfombra persa entregando la frente al suelo, y antes o después siempre habrá una bendición al viajero tras una agradable cháchara.

Cuando la luna se refleja en las centenarias cúpulas, y las estrellas hacen guiños en un cielo que parece vivir eternamente despejado, es cuando las calles se convierten en un dormitorio comunitario, pues las familias sacan las camas y los colchones al exterior, ¿a qué desperdiciar la brisa fresca de las noches del desierto que les rodea?
uzbekistan-khiva4¿Mi recomendación? Hay que subir a la azotea del hostal, para admirar los tejados de la ciudad iluminados bajo la luz de la luna y las estrellas, con un poco de suerte hasta quizás veamos a Aladdin, sobrevolando la ciudad en su alfombra voladora… llevándole hasta Samarcanda, en busca de su princesa Jasmine.

Viajar a Uzbekistán, a tu aire.

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